La primera ministra de Japón llama a la solidaridad femenina para enfrentar prejuicios globales
📍Tōkyō | 15 de enero
En una de las salas más solemnes del Kantei, la residencia oficial del primer ministro japonés, la tarde del 15 se cargó de un simbolismo que iba más allá de la diplomacia protocolar. Cerca de veinte embajadoras acreditadas en Japón, representantes de todos los continentes, se reunieron con la primera mujer en la historia en ocupar el cargo de primera ministra del país: Takaichi Sanae.
El encuentro comenzó con un gesto sencillo pero poderoso. La embajadora de Samoa, entregó un ramo de flores a la mandataria, transmitiendo las felicitaciones del cuerpo diplomático femenino por su reciente investidura. Era una imagen que condensaba décadas de luchas: mujeres que, desde distintos rincones del mundo, habían logrado abrirse paso en estructuras históricamente dominadas por hombres.
Takaichi habló con franqueza. Confesó que su ambición política nunca fue “ser la primera mujer”, sino simplemente llegar al cargo. Sin embargo, reconoció que el hecho de haber roto el llamado “techo de cristal” había dado esperanza y coraje a muchas personas, especialmente a otras mujeres que hoy observan su ascenso como una prueba de que lo imposible puede volverse alcanzable.
Pero la primera ministra fue más allá del discurso celebratorio. Introdujo un concepto más inquietante: el “acantilado de cristal”. Advirtió que, cuando una mujer líder fracasa, la sociedad tiende a convertir ese tropiezo individual en un juicio colectivo, reforzando prejuicios como “las mujeres no sirven para gobernar”. Por eso, subrayó, no basta con llegar arriba: hay que sostenerse, demostrar capacidad, resultados y resiliencia. “Debemos trabajar juntas, con todas nuestras fuerzas, para borrar ese prejuicio”, afirmó, llamando a una cooperación estrecha para mejorar el presente y el futuro del mundo.
La respuesta no tardó. La embajadora de México, tomó la palabra y recordó que las mujeres suelen ser evaluadas con criterios más duros y parciales que los hombres. Precisamente por eso —dijo— la solidaridad entre mujeres líderes no es opcional, sino esencial. Expresó, en nombre de muchas, su apoyo a Takaichi.
Al final de la reunión, las representantes de 24 países —desde Europa hasta África, desde América Latina hasta Oceanía— manifestaron su gratitud hacia Japón y su esperanza en esta nueva etapa. “Todas la apoyaremos”, le dijeron. La primera ministra, visiblemente conmovida, respondió que desea mantener una coordinación estrecha con las embajadoras para construir, juntas, un mundo más justo y estable.
En esa sala, entre flores, banderas y trajes formales, no solo se habló de política exterior. Se habló de barreras invisibles, de expectativas desiguales y de la responsabilidad histórica que hoy pesa sobre los hombros de las mujeres que gobiernan. No como símbolos, sino como líderes que saben que cada paso en falso puede ser usado contra todas. Y, precisamente por eso, decididas a no caminar solas.

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