Las fuerzas tradicionales de izquierda, duramente castigadas: reducción drástica de escaños y pérdida de influencia nacional

 


📍Tōkyō  |  9  de febrero


Japón amaneció este lunes con un mapa político profundamente transformado. El Partido Liberal Democrático logró una victoria sin precedentes en la 51ª elección de la Cámara de Representantes, al obtener 316 escaños en solitario, superando por primera vez en la historia de la posguerra japonesa la barrera de los dos tercios del Parlamento. El resultado no solo marca un récord numérico —por encima incluso del histórico triunfo de 1986 bajo Nakasone Yasuhiro— sino que redefine el equilibrio de poder institucional en el país.

En la sede del partido gobernante, el ambiente fue de celebración contenida. Entre aplausos discretos y gestos de asombro, varios dirigentes admitían que el resultado había superado incluso sus propias previsiones. Con este resultado, el oficialismo adquiere una herramienta decisiva: la capacidad de reaprobar leyes en la Cámara Baja aun si fueran rechazadas por la Cámara Alta, un poder reservado a mayorías excepcionalmente amplias.

Desde el estrado, la primera ministra Takaichi Sanae reafirmó su hoja de ruta política. Confirmó la continuidad de la alianza con Partido de Innovación de Japón, que aportó 36 escaños, llevando al bloque gobernante a 352 diputados. Su mensaje fue claro: estabilidad, continuidad y apertura a nuevas alianzas dentro del espectro conservador y reformista.

El contraste se vivió en la oposición. La Alianza Reformista Centrista, formada apenas antes de la disolución de la Cámara, sufrió un desplome histórico: pasó de 167 a solo 49 escaños. En declaraciones marcadas por la autocrítica, su liderazgo asumió públicamente la responsabilidad política por el fracaso, mientras figuras emblemáticas del antiguo progresismo japonés quedaban fuera del Parlamento, sellando simbólicamente el fin de una era.

Más allá del duelo entre oficialismo y oposición tradicional, la jornada dejó señales de reconfiguración del voto. El Partido Democrático del Pueblo logró un avance moderado con 28 escaños, mientras que Sanseito protagonizó uno de los crecimientos más notorios, alcanzando 15 escaños por representación proporcional. La irrupción de Team Mirai, con 11 diputados en su debut, confirmó el espacio electoral para nuevas fuerzas.

En cambio, los partidos tradicionales de izquierda quedaron severamente debilitados. El Partido Comunista Japonés se redujo a 4 escaños, mientras Reiwa Shinsengumi apenas conservó un representante. Otras formaciones, como el Partido Socialdemócrata y el Partido Conservador, quedaron fuera del Parlamento.

Así, Japón entra en una nueva etapa política marcada por una hegemonía legislativa inédita, una oposición fragmentada y el desafío de gobernar con un poder casi absoluto en la Cámara Baja. Para muchos analistas —y para no pocos ciudadanos— la pregunta que flota en el ambiente no es solo qué puede hacer el gobierno, sino cómo ejercerá ese poder sin precedentes en un país donde la estabilidad siempre ha convivido con la cautela democrática.



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